sábado, 8 de agosto de 2020

Sábado Día de la Virgen.


Nuestra Señora del Silencio
Patrona de los sordomudos

Tomado de Catholic.net



La Virgen del Silencio, porque lo guardó siempre. No se sabe nada de su infancia ni de su juventud. Porque no existen documentos y los evangelistas cuentan muy poco. María vivía en su silencio; cumplió su misión, hizo todo lo que debía, habló poco, casi nada. Debió ser una niña y una muchacha corriente, humilde y sencilla, trabajadora y obediente, sin destacar ni sobresalir en nada, recogida en su hogar y realizando sus obligaciones diarias.

Recibió en silencio el anuncio personal del sorpresivo misterio de la Encarnación. No lo dijo a nadie, ni siquiera a su esposo, aunque para él fuera un asunto de importancia, ante lo que se vería comprometido y carcomido por las dudas, por la posible infidelidad y el descrédito, que podría incluso culminar en la humillante prueba del divorcio; y, como “era un hombre justo, no quería denunciarla y resolvió dejarla ocultamente” (Mt 1,19), meditó sobre la situación y decidió ausentarse, para que todas las críticas recayeran sobre él por haberla abandonado.

La Virgen guardó en silencio su embarazo, no dijo a las betlemitas que el que iba a dar a luz era nada menos que el Mesías. Amigos y vecinos la habrían felicitado; todos le hubieran dado entonces el mejor cobijo en sus humildes casas y sus parabienes. No sabemos nada de su vida en Nazaret. Aunque el no saber nada es saberlo todo. Es saber que era la hija, la esposa y la madre ideal, al servicio constante de sus deudos y familia, la perfecta madre y mujer de su casa, ocupada en sus deberes y entregada a su familia.

Luego, un día, su hijo rompió el silencio de su vida privada y se fue a predicar por los pueblos una doctrina revolucionaria, que le hizo conectar con las gentes y saltar a las primeras páginas de la opinión pública. De la noche a la mañana se convirtió en el judío más popular, aplaudido por el fervor de las multitudes. Y María se quedó en casa, sumer­gida en el sagrado silencio de su vida, en la espera de la reflexión y las noticias, mientras, Él recorría Palestina y ascendía en fama y gloria y sus seguidores se acordaban, el gentío y las sencillas voces populares preguntaban por su madre y glorifica­ban los pechos que lo amantaron. Ella no estaba allí, estaba recogida en el ángulo breve de su casita de Nazaret meditando en silencio las maravillas que Dios había hecho en torno a su persona irrelevante: “porque ha mirado la humilde condición de su sierva; porque, desde ahora, me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lc 1,48).

Su vida fue la expectativa en la disposición y aguardar callada en la discreción. Y el silencio más impresionante llegó; el sigilo más lacerante se presentó en el filo de la espada, anunciada, del Calvario. Silenciosa y de pie: “stabat mater dolorosa” ante su hijo vejado, colgado en la agonía, traspasado por la infidelidad, sin proferir siquiera una palabra de dolor o de condena, sin rasgar el impresionante silencio de la muerte con un gemido herido o un lamento desgarrador del corazón sangrante de una madre que llora, calla y sufre, a quien la cruel y estúpida violencia de la agresividad humana le acaba de arrebatar su hijo, lo único que tiene. Allí, diluida en el manto, reservada en el dolor, siempre callada, sin decir nada, porque la mejor palabra es la que no se dice nunca. El mejor sermón es el que no se predica, el que se lleva en el alma, el que se practica en el secreto cumplimiento del deber.

Virgen María Santísima, Nuestra Señora del Silencio. Tus silencios son tus mejores enseñanzas, son silencios que gritan que se clavan dentro. Enséñanos a saber callar. Vivimos en unos momen­tos, en que todos quieren hablar, gritar y perorar. Discursos, mítines, sermones, congresos, manifestaciones, movidas. Los medios de comunicación nos abruman, nos atropellan, invaden y destrozan nuestra vida privada. Todos hablan; quieren intervenir todos; que se oigan nuestras voces. Se vive en la locura que produce en el hombre un vacío penoso, una catástrofe personal irreparable y una degradación social desquiciadora de valores imprescindibles y solidarios. Enséñame a callar, "oh Virgen del Silencio", pues el que mejor habla es el que mejor calla. Enséñanos a meditar todas las cosas en lo más profundo de nuestro corazón, como hacías tú. Tú fuiste inscrita en la reflexión, en la calma, en la paz de la contemplación, en la quietud de la oración; entre los “taciturnos del reino", entre los grandes maestros del silencio. No has pasado a la historia por tus proclamas sociopolíticas, por tus discursos grandilocuen­tes, porque movilizaras a las masas; has sido y eres conocida justamente por tu gran cautela, por tus impresionantes y sobrecogedores silencios, por tu prudencia, sobriedad y parquedad que dicen y nos enseñan mucho más que tanta verborrea y palabrería vacua y sin profundi­dad, sin fondo, como hemos de soportar y, forzados, atender.

Sepamos hablar con el ejemplo de nuestra vida, con el gesto silencioso, que hace en cada momento simplemente lo que hay que hacer, sin alardes, sin aclamaciones, sin voceríos, pues la razón y la perfección no están en los que gritan, sino en los que cumplen silenciosamente con el deber diario, y cumplen la voluntad del Padre.

El gran acontecimiento de la historia humana, la Encarnación del Verbo, se efectuó en el más absoluto de los silencios, en un profundo sosiego del alma entroncada en Dios.

Por: Camilo Valverde Mudarra | Fuente: Mariologia.org

jueves, 6 de agosto de 2020

La Transfiguración del Señor.

Del Santo Evangelio según San Mateo (17,1-9):
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

REFLEXIÓN

Para un lector familiarizado con la Biblia, evocar la subida a un monte, mencionando a Moisés y la presencia de una nube, todo eso nos remite al episodio de Moisés en el Sinaí. (Ex.24). Cuando Moisés bajó del Sinaí tenía la cara radiante. y eso expresa la revelación de Dios. Jesús es el Nuevo Moisés.

1.– Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó a una montaña alta.

La montaña es el lugar de las teofanías o manifestaciones de Dios. Si encima era “alta” significa una manifestación profunda, muy especial. Jesús manifiesta lo que es: “El Hijo amado del Padre” Ya no hay que escuchar ni a Moisés (La Ley) ni a Elías (los profetas). Jesús sube a la montaña con tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Por qué esos tres? ¿Por ser sus predilectos? No. Porque lo necesitan. Pedro ha pretendido apartar a Jesús de la Cruz. Y Jesús le ha reprendido fuertemente. Santiguo y Juan, en el mismo camino hacia Jerusalén, cuando Jesús hablaba de lo que tenía que padecer el Hijo del Hombre, ellos hablan de los “primeros puestos” de “quien será el más importante”. Y estos mismos discípulos, al no ser bien recibido Jesús por los samaritanos, le han pedido que “lloviera sobre ellos fuego del cielo”. Jesús les regañó” (Lc. 9,54-55). Jesús se los sube a la montaña para cambiarles, para transformarles.

2.– Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Y aquí vienen dos errores graves de Pedro: 1) El querer permanecer siempre en la montaña. Jesús sube a la montaña, pero para bajar. En la montaña, cerca del cielo, se puede estar muy bien; pero el mundo, la gente, los problemas, las preocupaciones, están abajo. Ciertamente que hay que mirar más al cielo, pero para pisar mejor la tierra. ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech. 1,11). 2) El segundo error está en pretender hacer “tres tiendas iguales”. Es decir, Pedro pone a Jesús al mismo nivel que Elías y Moisés. Es como un personaje importante del A.T. ¿Todavía no se ha enterado Pedro de quien es Jesús? El evangelista Marcos, en su lugar paralelo, dice: “Pedro no sabía qué decía” (Mc. 9,6). Y nosotros, que llevamos tanto tiempo siguiendo a Jesús, estamos muy equivocados cuando, en la práctica, damos más importancia al dinero, al ocupar un cargo importante, al ser más que los demás, al pasarlo bien, que a Jesús. Y debemos tener muy claro que Jesús no es “uno más”. Jesús es Dios, es el Absoluto, el Definitivo, el Señor a quienes debemos entregar las riendas de nuestra vida.

3.- “Al alzar los ojos no vieron más que a Jesús solo”.

Y, según el evangelista, este debe ser el resultado de este encuentro. A la montaña, hemos podido subir con una mirada corta y miope al estilo de los discípulos. Pero de la montaña no se puede bajar uno como se ha subido. Un verdadero encuentro con Dios nos cambia, nos purifica, nos transforma, nos hace ver la vida de otra manera. Y qué bonita sería la vida si todo lo viéramos con los ojos de Jesús. Qué mirada tan honda, tan misteriosa, tan escalofriante tendríamos hacia nuestro Padre Dios. Y qué mirada tan bondadosa, tan comprensiva, tan misericordiosa hacia nuestros hermanos. Podríamos decir lo mismo que Jacob con relación a su hermano Esaú ya arrepentido: «He visto a Dios en el rostro benévolo de mi hermano”.

PREGUNTAS

1.- ¿Me gusta subir a la montaña de Dios? ¿Rezo con frecuencia? ¿Subo al monte con idea de bajar a la llanura?

2.- ¿Qué importancia tiene Jesús en mi vida? ¿Acudo a Él solamente cuando lo necesito? ¿Sería lo mismo mi vida sin Él?

3.- Una vez que he puesto mi mano en el arado y he dicho sí a Jesús, ¿Me gusta mirar atrás? ¿Puede haber algo mejor que Jesús?

miércoles, 5 de agosto de 2020

Virgen de las Nieves.

Hoy es la fiesta de la Virgen de las Nieves y el milagro que regaló a unos esposos
Según la tradición, alrededor del siglo IV una piadosa pareja de esposos que vivía en Roma había sido bendecida por su formación cristiana y en muchos bienes materiales. Sin embargo, no tenían hijos con los cuales compartir aquellos dones.

Por años rezaron con la finalidad de que el Señor los bendijera con un hijo, a quien dejarle toda la herencia, pero no obtenían ningún resultado. Finalmente tomaron la decisión de nombrar a la Virgen María como heredera y le pidieron con gran fervor para que los guiara.

En respuesta, la Madre de Dios se les apareció la noche del 4 de agosto -en pleno verano- y les dijo que deseaba que se construyera una Basílica en el Monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma, en el lugar donde ella señalaría con una nevada. De igual modo, la Virgen María se apareció al Papa Liberio con un mensaje similar.

El 5 de agosto, mientras el sol de verano brillaba, la ciudad se quedó admirada al ver un terreno con nieve en el Monte Esquilino. La pareja de esposos fue feliz a ver lo acontecido y el Sumo Pontífice hizo lo mismo en solemne procesión.

La nieve abarcó el espacio que debía ser utilizado para construir el templo y desapareció después. El Papa Liberio echó los primeros cimientos de la Basílica en el perímetro que él mismo trazó y la pareja de esposos contribuyó con el financiamiento de la construcción.

Más adelante, después del Concilio de Éfeso en que se proclamó a María como Madre de Dios, sobre la iglesia precedente el Papa Sixto III erigió la actual Basílica. Con el tiempo se han hecho remodelaciones, restauraciones, ampliaciones y nuevas edificaciones, pero todo en honor a la Santísima Virgen.

Los fieles para conmemorar el famoso milagro, en cada aniversario lanzan pétalos de rosas blancas desde la bóveda de la Basílica durante la Misa de fiesta.

Nuestra Señora de las Nieves se conmemora cada 5 de agosto. Esta festividad se extendió en el siglo XIV a toda Roma y luego San Pío V la declaró fiesta universal en el siglo XVII.

Oración 
Virgen Santísima de las Nieves, Patrona y Madre Nuestra; postramos ante este trono que nuestro filial amor te ha dedicado entre las bellezas y alturas de nuestras montañas nevadas, te suplicamos que derrames tu bendición sobre todos nosotros, sobre nuestros familiares, sobre los turistas y los alpinistas y que intercedas ante tu Divino Hijo para que nos conceda la gracia de pasar santamente el día de hoy y todos los de nuestra vida y que nos apartes siempre de todo peligro espiritual y corporal.

Ante este altar que tiene por alfombra la nieve y por bóveda el cielo, bajo tu mirada dulce y bajo tu manto protector queremos que se deslicen estas horas de sano esparcimiento y que, al terminar la jornada, descendamos de estas cumbres con el alma más pura y el cuerpo más fortalecido para poder cumplir todos nuestros deberes.

Virgen Santísima de las Nieves, rogad por nosotros.

lunes, 3 de agosto de 2020

Vidas Ejemplares. San Juan María Vianney

El Cura de Ars


Feliz Día a todos los sacerdotes.
Tomado de ACI Prensa.
En 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos y Juan Bautista María Vianney fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecen haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, limitándose a un poco de aritmética, historia y geografía y encontró el aprendizaje, especialmente el estudio del latín, excesivamente difícil. 

A pesar de todo lo anterior se presentó otro obstáculo. El joven Vianney fue llamado a filas, pues la guerra entre España y Francia hizo que se retirara la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos en la diócesis de su tío, el Cardenal Fesch. Matthieu Vianney quien intentó sin éxito procurarse un sustituto, de modo que Juan María Vianney se vio obligado a incorporarse. 

Su regimiento pronto recibió la orden de marchar. La mañana de la partida, Juan Bautista María fue a la iglesia a rezar y a su vuelta a los cuarteles encontró que sus camaradas se habían ido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del reclutamiento creyó lo que contaba y lo mandó tras las tropas. A la caída de la noche se encontró con un joven que se ofreció a guiarle hasta sus compañeros, pero le condujo a Noes, donde algunos desertores se habían reunido. El alcalde le persuadió de que se quedara allí, bajo nombre supuesto, como maestro. Después de catorce meses, pudo comunicarse con su familia. Su padre se enfadó al saber que era un desertor y le ordenó que se entregara pero la cuestión fue solucionada por su hermano menor que se ofreció a servir en su lugar y fue aceptado. 

Juan Bautista María Vianney reanudó entonces sus estudios en Ecully y en 1812 fue enviado al seminario de Verrieres.  El 13 de Agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por Monseñor Simón, obispo de Grenoble. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a una falta de flexibilidad mental al tratar con la teoría como algo distinto de la práctica - una falta justificada por la insuficiencia de su primera escolarización, la avanzada edad a la que comenzó a estudiar, el hecho de no tener más que una inteligencia mediana, y que estuviera muy adelantado en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud mucho antes de que llegara a estudiarla en abstracto. Fue enviado a Ecully como ayudante de M. Balley, quien fue el primero en reconocer y animar su vocación, que le instó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables, que intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor y que era su modelo tanto como su preceptor y protector. 

En 1818, tras la muerte de M. Balley, Vianney fue hecho párroco de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon. Fue en el ejercicio de las funciones de párroco en esta remota aldea francesa en las que el "cura de Ars" se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó "La Providencia" y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de "La Providencia" en el catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares que al final se daban todos los días en la iglesia a grandes multitudes. "La Providencia" fue la obra favorita del "cura de Ars", pero, aunque tuvo éxito, fue cerrada en 1847, porque el santo cura pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Su cierre fue una pesada prueba para él. 

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias, luego de lugares distantes, más tarde de todas partes de Francia y finalmente de otros países. Ya en 1835, su obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque "las almas le esperaban allí". Durante los últimos diez años de su vida, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesionario. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban Ars con la finalidad de ver al santo cura y oír su enseñanza cotidiana. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono al mismo tiempo y fue su amigo de toda la vida, mientras que la Madre Marie de la Providence fundaba las hermanas auxiliadoras de las ánimas del purgatorio por su consejo y con su constante aliento. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia y conocimiento sobrenatural. A veces adivinaba pecados no revelados en una confesión imperfecta. Sus instrucciones se daban en lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que infundía en su audiencia tanto por su modo de comportarse y apariencia como por sus palabras, pues al final, su voz era casi inaudible. 

Los milagros registrados por sus biógrafos son de tres clases: 

En primer lugar, la obtención de dinero para sus limosnas y alimento para sus huérfanos; en segundo lugar, conocimiento sobrenatural del pasado y del futuro; en tercer lugar, curación de enfermos, especialmente niños. 

El mayor milagro de todos fue su vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud y durante cuarenta años su alimentación y su descanso fueron insuficientes, humanamente hablando, para mantener su vida. Y aun así, trabajaba incesantemente, con inagotable humildad, amabilidad, paciencia, y buen humor, hasta que tuvo más de setenta y tres años. 

El 3 de Octubre de 1874 Juan Bautista María Vianney fue proclamado Venerable por Pío IX y el 8 de Enero de 1905, fue inscrito entre los Beatos. El Papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial. 

[Nota: En 1925, el Papa Pío XI lo canonizó. Su fiesta se celebra el 4 de Agosto] 





domingo, 2 de agosto de 2020

Deseos para el mes de Agosto.


Domingo. Día del Señor.

Tomado de: Iglesia en Aragón.

Dadles vosotros de comer. Este mandato no puede dejar indiferente a los cristianos de hoy. Los bienes que nos sobran pueden saciar a los hambrientos de medio mundo. Ninguno de nosotros puede limitarse a volver la vista a otra parte. Este mandato habría que sacudir a todas las personas e instituciones de nuestro mundo, se confiesen cristianas o no. Jesús no es patrimonio exclusivo de los cristianos. Su mensaje es universal, precisamente por estar atento a las carencias concretas del hombre. (José Ramón Flecha)

EVANGELIO
Mateo 14, 13-21

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús les replicó: No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer. Ellos le replicaron: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: «Traédmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente: Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

MEDITACIÓN-REFLEXIÓN

En este evangelio se dan dos posturas muy diferentes: La de los discípulos y la de Jesús. Veamos:

1.- Discípulos: “Despídelos”.

Así los problemas se solucionan de raíz. Eso es lo que solemos hacer nosotros: viene una mujer con unos niños pidiendo ayuda; o un migrante, o un pobre cualquiera. Lo que solemos hacer es quitárnoslo lo antes posible. Los pobres nos estorban, nos molestan, huelen mal.

¿Qué dice Jesús? !NO LOS DESPIDAIS! A Jesús no le estorba nadie. Tiene un corazón más grande que una casa y allí caben todos. Poco antes nos ha dicho: “Se compadecía de ellos”. Lo que hace Jesús le brota de dentro, le sale del corazón. Tiene entrañas de misericordia y se enternece ante sus hijos necesitados, sea de la nación que sea, de la cultura que sea, del sexo que sea. Es posible que nosotros no podamos solucionar casos que nos desbordan. Pero siempre está en nuestras manos dar una buena acogida. Podemos abrirle la puerta y preguntar: ¿Has comido? Y le podemos dar un bocadillo y un vaso de agua. Al despedirse no se irá royendo el duro hueso de un rechazo, sino que se sentirá feliz de que la hemos acogido bien.

2.- Discípulos: ¡QUE SE COMPREN DE COMER!

Y es lo mismo que decir: ése es tu problema. Bastantes problemas tengo yo en mi casa. Lo nuestro es siempre lo mismo: echar balones fuera. En el fondo somos unos egoístas redomados, tan centrados en nosotros mismos, que nuestra casa se queda tan pequeña que ya no cabe nadie fuera de los nuestros.

¿Qué dice Jesús? ¡DADLES VOSOTROS DE COMER! Jesús podría haber hecho el milagro él solo. Si no lo hace, es porque quiere que se impliquen sus discípulos. Jesús es un Maestro que no sólo enseña con sus palabras, también con sus gestos. Nosotros siempre tenemos las mismas justificaciones: “Si sólo tenemos cinco panes ¿qué podemos hacer con esto? Lo mismo que ahora: que se unan las naciones, que lo solucionen los Gobiernos… El Banco Mundial, ¿Y mientras tanto? Que la gente se vaya muriendo. Jesús les dijo: “Traedme los cinco panes y los dos peces”. No nos pide lo que no tenemos. Y sobre “eso poco” vendrá la bendición de Dios. El milagro de la solidaridad siempre funciona.

3.- Y sobraron doce canastos.

Cuando uno ha vivido en países del Tercer Mundo, uno cae en la cuenta de todo lo que se podría hacer simplemente “con lo que nos sobra”. Con lo que nos sobra de calzado, de vestidos, de comida…Con todo lo que nosotros gastamos en “cosas superfluas”, el Tercer Mundo tendría para lo estrictamente necesario.

PREGUNTAS

1.- ¿Me preocupa la gente que muere de hambre? ¿Qué estoy haciendo por aliviar el problema?

2.- Ante una necesidad grave y concreta, ¿Cuál es mi actitud? ¿Me implico en ella o paso olímpicamente del problema?

3.- ¿Verdad que me sobran cosas? ¿Qué estoy dispuesto a dar a los que les falta lo necesario?

sábado, 1 de agosto de 2020

Sábado. Día de la Virgen.

Nuestra Señora de los Ángeles, Asís Italia

En una noche de Julio del año 1216, un fraile oraba fervientemente en su pequeña cueva del bosque. Pedía a Dios la virtud de la humildad. Le llamaban hermano Francisco y, aunque tenía 34 años, ya era conocido y amado por miles de personas. Doce años más tarde y solo 22 meses después de su muerte, la Santa Madre Iglesia lo proclamaría santo. Pero el "poverelo" se consideró siempre el jefe de los pecadores. En el silencio de la noche, imploraba a Dios todopoderoso que tuviese misericordia de los pobres pecadores, recordando las palabras del Señor: "a menos que hagan penitencia, todos perecerán". Pensaba en su propia juventud, solo doce años antes había sido inquieto, frívolo, ambicioso, mujeriego, y por último, soldado. Difícilmente le daba algún momento de su atención a Dios.

Aquella noche el Señor le dijo al poverelo: "Francisco, ¿quién puede hacerte mayor bien, el amo o el siervo?" Francisco guardó esta lección a su corazón y decidió poner de primero lo primero. Le preguntó al amo como podría servirle, y Jesús, el amado salvador que abrazó la agonía de la cruz por todos los hombres, le miró con ternura y afecto y le dijo: "Repara mi Iglesia". Desde entonces, cuando Francisco pensaba en lo delicado, bueno, y amoroso que era Jesús, rompía en llanto y exclamaba: "¡El amor no es amado!".

Primero Francisco tomó las palabras del Señor literalmente y con gozo reparó la capilla donde había recibido la visión del Señor. Después bajó al bosque en el valle de Asís y reparó la vieja capilla de Nuestra Señora de los Ángeles, llamada Porciúncula (pequeña porción). Por su devoción a la Santísima Virgen y por su reverencia a los ángeles, tomó la porciúncula como lugar de vivienda. Los campesinos insistían que ellos muchas veces escuchaban ángeles cantando en la Porciúncula. Ahí fue donde los primeros hermanos se unieron a Él, en la vida nueva de santa pobreza, trabajo manual, cuidando a los leprosos, mendigando y predicando el amor de Cristo. Siendo los benedictinos propietarios de aquel lugar, Francisco pagaba como renta anual una canasta de pescado.

Oprimido por el pensamiento de ser indigno ante la misión de fundar la orden religiosa, subió a una cueva en las montañas. Ahí, durante una tormenta se echó al piso y, con una perfecta contrición, rogó a su Salvador que le perdonara los pecados de su vida pasada. En la angustia de su alma el gritaba: "¿Quién eres tu mi querido Señor y Dios, y quien soy yo vuestro miserable gusano de siervo? Mi querido Señor quiero amarte. Mi Señor y mi Dios, te entrego mi corazón y mi cuerpo y yo quisiera, si tan solo supiera como, hacer más por amor a ti! Repetía: "Señor ten misericordia de mí que soy un pobre pecador."

Luego, una dulce y gentil paz, la maravillosa paz del Señor llegó a su pura y penitente alma y le dijo: "Francisco, tus pecados has sido borrados." Desde entonces, por la gratitud que sentía, ardía en un deseo apasionado de obtener el mismo favor celestial por todos los pecadores arrepentidos. Y por eso oraba y pedía fervientemente esa noche en la cueva del bosque.

De repente el sintió un impulso irresistible de ir a la pequeña Iglesia, la Porciúncula. En cuanto entró, como siempre, se arrodillo, inclinó su cabeza y dijo esta oración: "Te alabamos, Señor Jesucristo, en todas las iglesias del mundo entero. Y te bendecimos porque por tu santa cruz redimiste al mundo." Luego al alzar su mirada, en su asombro Francisco vio una luz brillante arriba del pequeño altar y en unos rayos misteriosos el vio al Señor con su Santísima Madre con muchos ángeles.

Con pleno gozo y profunda reverencia, Francisco se postró en el piso ante esta gloriosa visión y Jesús le dijo: "Francisco pide lo que quieras para la salvación de los hombres". Sobrecogido al escuchar estas palabras inesperadas y consumido por un amor angelical por su misericordioso Salvador y por su Santísima Madre, Francisco exclamo: "Aunque yo soy un miserable pecador, yo te ruego querido Jesús, que le des esta gracia a la humanidad: dale a cada uno de los que vengan a esta Iglesia con verdadera contrición y confiesen sus pecados, el perdón completo e indulgencias de todos sus pecados".

Viendo que el Señor se mantenía en silencio, Francisco se dirigió con un confiado amor a María, refugio de los pecadores, y le suplicó: "Te ruego, a Ti, Santísima Madre, la abogada de la raza humana, que intercedas conmigo, por esta petición". Entonces Jesús miro a María, y Francisco se alegró al ver a Ella sonreir a su Divino Hijo, como que si dijera: "por favor, concédele a Francisco lo que te pide, ya que esa petición me hace feliz a mí".

Inmediatamente Nuestro Señor le dijo a Francisco: "Te concedo lo que pides, pero debes de ir a mi Vicario, el Papa, y pídele que apruebe esta indulgencia". La visión, entonces, se desvaneció dejando a Francisco en el piso de la capilla, llorando de alegría, con profundo amor y agradecimiento.

El Santo Padre le dijo a Francisco: "nosotros te concedemos esta indulgencia y debe ser válida perpetuamente, pero solo en un día cada año, desde las vísperas, a través de la noche, hasta las vísperas del siguiente día."

Francisco sumisamente bajo la cabeza y después de agradecer al Papa, se levantó y comenzó a salir. Pero el Papa le llamo: "¿Adónde vas, tu pequeño poverelo? No tienes garantía sobre esta indulgencia". Francisco se volvió hacia él y con su simpática y confiada sonrisa le dijo: "Santo Padre su Palabra es suficiente para mí, si esta es la obra de Dios es El quien hará su obra manifiesta. No necesito ningún otro documento. La Santísima Virgen María habrá de ser la garantía, Cristo el notario, y los ángeles los testigos." (recordando la visión)

Para la solemne inauguración de este perdón en la Porciúncula, Francisco escogió Agosto 2, porque fue el primer aniversario de la consagración de esta santa capilla, y porque Agosto 1, era la fiesta de la liberación de San Pedro de las cadenas que tenía en la cárcel (Agosto 2, es el día de Nuestra Señora de los Ángeles).

Oración a Santa María de los Ángeles
Virgen de los Ángeles, que desde hace siglos has puesto tu trono de misericordia en la Porciúncula, escucha la oración de tus hijos que confiados recurren a Ti. Desde este lugar verdaderamente santo y habitado por Dios, especialmente amado por el corazón de San Francisco, has llamado siempre a todos los hombres al Amor. Tus ojos, llenos de ternura, nos aseguran una continua y materna asistencia y prometen ayuda divina a cuantos se postran a los pies de tu trono o desde lejos se dirigen a Ti, llamándote en su socorro. Tú eres nuestra dulce Reina y nuestra esperanza. ¡Oh Reina de los Ángeles, obtén para nosotros, por la oración san Francisco, el perdón de nuestras culpas, ayuda a nuestra débil voluntad para que permanezcamos lejos del pecado y de la indiferencia, para ser dignos de llamarte siempre Madre nuestra. Bendice nuestras casas, nuestro trabajo, nuestro descanso, dándonos aquella paz serena que se saborea entre los viejos muros de la Porciúncula, donde el odio, la culpa, el llanto, por el Amor reencontrado, se transforman en canto de alegría, como el canto de tus Ángeles y del Seráfico Francisco. Ayuda a quien está desamparado y a quien no tiene pan, a aquellos que están en peligro o en tentación, en la tristeza o en la desolación, en la enfermedad o en la hora de la muerte. Bendícenos como a hijos amados tuyos, y con nosotros te rogamos que bendigas, con el mismo gesto materno, a los inocentes y a los culpables, a los fieles y a los extraviados, a los creyentes y a los que están en la duda. Bendice a toda la Humanidad, para que los hombres, reconociéndose hijos de Dios e hijos tuyos, encuentren, en el Amor, la verdadera Paz y el verdadero Bien. Amén.

Hoy, Jesús te dice: